Ana, necesitada de amor, rememora también los sueños de su juventud
Pero, ¿el amor?, ¿era aquello el amor? No, eso estaba en
un porvenir lejano todavía. Debía ser demasiado grande,
demasiado hermoso para estar tan cerca de aquella
miserable vida que la ahogaba, entre las necesidades
y pequeñeces que la rodeaban. Acaso el amor no vendría
nunca; pero prefería perderlo a profanarlo. Toda
su resignación aparente era por dentro un pesimismo
invencible: se había convencido de que estaba condenada
a vivir entre necios; creía en la fuerza superior
de la estupidez general; ella tenía razón contra todos,
pero estaba debajo, era la vencida. Además su miseria, su
abandono, la preocupaban más que todo: su pensamiento
principal era librar a sus tías de aquella carga, de aquella
obra de caridad que cada día pregonaban más
solemnemente las viejas.
Quería emanciparse; pero, ¿cómo? Ella no podía ganarse
la vida trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores;
no había manera decorosa de salir de allí a no ser
el matrimonio o el convento.