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La llegada

Santiago llega a la costa con los restos de su pez, apesadumbrado por perder tan buena pieza. Cuando atraca en el puerto, de noche, no hay nadie y se va a dormir.

–¡Ese sí que era un pez! –dijo el propietario–. Jamás ha habido uno igual. También los dos que ustedes cogieron ayer eran buenos.

–¡Al diablo con ellos! –dijo el muchacho y empezó a llorar nuevamente.

–¿Quieres un trago de algo? –preguntó el dueño.

–No –dijo el muchacho–. Dígales que no se preocupen por Santiago. Vuelvo en seguida.

–Dile que lo siento mucho.

–Gracias –dijo el muchacho.

El muchacho llevó la lata de café caliente a la choza del viejo y se sentó junto a él hasta que despertó. Una vez pareció que iba a despertarse: pero había vuelto a caer en su sueño profundo y el muchacho había ido al otro lado del camino a buscar leña para calentar el café. Finalmente el viejo despertó.

–No se levante –dijo el muchacho–. Tómese esto –le echó un poco de café en el vaso.

El viejo cogió el vaso y bebió del café.

–Me derrotaron, Manolín –dijo–. Me derrotaron de verdad.

–No. Él no. Él no lo derrotó.

–No. Verdaderamente. Fue después.

–Perico está cuidando del bote y del aparejo. ¿Qué va a hacer con la cabeza?

–Que Perico la corte para usarla en las nasas.

–¿Y la espada?

–Puedes guardártela si la quieres.

–Sí, la quiero –dijo el muchacho.


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